Gerardito I “El Breve”

     A pesar de no que no era zurdo, cruzó las puertas de la alcaldía con el pie bien izquierdo. Su modo de actuar se asemejaba más al de un conde, extasiado en un latente despotismo ilustrado, que al de un gobernante cercano. Torpe e iluso fue la viva imagen, dentro de la política, de un enfant terrible.
     No hacía falta ser Nostradamus para saber que no nos llevaría por un buen camino, es más, me atrevería a decir que no obró nada que no fuese ya anunciado por las lenguas menos viperinas. Su imagen como gestor se había perfilado en las páginas del BOE cuando saltó a la palestra varias semanas consecutivas al ser embargado a causa de numerosas deudas u olvidos. Eso no fue demasiado para llegar a convertirse en el cabeza de lista por la derecha en varios comicios. Ni siquiera las leyendas de luz y color que acompañaban su imagen dentro del municipio fueron impedimento para ser el último cartucho de su partido. Sus compañeros esperaban que, enésimamente derrotado, se marchara de una vez, pero la sorpresa vino cuando el cachondeo mudó a estigma.
     Un puñado de votos le dio el bastón de mando y con él vino el esperpento. El insigne Valle-Inclán se quedaba corto a su lado y no sólo hablo de atuendos. En vez de gobernar, se dedicaba a hacer oposición y entre sus logros políticos destaca la inauguración de cuatro semáforos al más puro estilo Abbey Road. No sabemos si la mala educación o sus mejorables formas tienen raíz en ese afán persecutorio de todo aquello que irradiase cultura.
     Por suerte, ya es pasado y un servidor siempre lo recordará por ser uno de los mayores defensores del absurdo. Jamás alguien hizo una defensa tan enérgica del espectáculo. Sí, les robaría ayudas a los actores, pero... ¿para qué los querían teniendo el verdadero circo en Raxoi? Me quedo con lo que, todavía, a día de hoy, pone su Twitter: candidato a la alcaldía de Santiago de Compostela. Es así como siempre lo he visto, como el eterno candidato, como Gerardito I “El Breve”.

La Galicia endeble

     Supuran pus ensangrentado las heridas abiertas del desprecio. Las virulencias infectan la tierra de pústulas y cavidades estériles, dejando su piel intensamente marcada. Caudales de sangre corren desde las llagas, entre ecos de profundo luto e infinita amargura.
     Lejos queda ya aquel pujante proyecto de regeneración popular liderado por aquel novicio llamado Alberto. La amplia mayoría otorgada pronto derivó en un declive político irreconducible marcado por numerosos escándalos y desaciertos en la gestión. Con ella, su imagen estelar, más pronto que tarde, se vio arrastrada y de ser mesías pasó a ser flagrante responsable.
     Pero la historia reconocerá, sin lugar a dudas, sus titánicos esfuerzos y es que no es fácil ser artífice de tamaña incompetencia. Se afanó en diezmar una tierra fértil y consiguió vaciarla de todo contenido. Destacan, entre sus méritos, y con su singular torpeza, la rotura del tejido financiero, la sangría del paro provocada por sus ineptos gestores y los profundos recortes en dependencia, en sanidad y en educación que inducen las primeras protestas dentro del sector público. Y ahora, deja que una joya medioambiental se convierta en ceniza por intereses puramente económicos.
     No nos sorprendamos, absolutamente todo era predecible en ese actuar despótico y ministrable que lo convirtió en cómplice de las medidas más desiguales y arbitrarias. Aunque bien es cierto que el arbitrio deja de ser tal cuando todo responde a un oscuro plan de deslinde y amojonamiento, donde el principal objetivo es arrinconar a las clases medias erradicando su bien más preciado: el estado del Bienestar.
     Utilizan el miedo como arma, pero no tengo la menor duda que la población, cuando llegue el sacramento con las urnas, los castigarán sin reparos y entonces serán ellos los que nos teman. Mientras tanto, sobrevivimos en una Galicia que se desprende de lo caciquil e intenta cicatrizar sus recientes heridas.