A pesar de no que no era zurdo, cruzó las
puertas de la alcaldía con el pie bien izquierdo. Su modo de actuar se
asemejaba más al de un conde, extasiado en un latente despotismo ilustrado, que
al de un gobernante cercano. Torpe e iluso fue la viva imagen, dentro de la
política, de un enfant
terrible.
No hacía falta ser Nostradamus para saber
que no nos llevaría por un buen camino, es más, me atrevería a decir que no
obró nada que no fuese ya anunciado por las lenguas menos viperinas. Su imagen
como gestor se había perfilado en las páginas del BOE cuando saltó a la
palestra varias semanas consecutivas al ser embargado a causa de numerosas
deudas u olvidos. Eso no fue demasiado para llegar a convertirse en el cabeza
de lista por la derecha en varios comicios. Ni siquiera las leyendas de luz y
color que acompañaban su imagen dentro del municipio fueron impedimento para
ser el último cartucho de su partido. Sus compañeros esperaban que,
enésimamente derrotado, se marchara de una vez, pero la sorpresa vino cuando el
cachondeo mudó a estigma.
Un puñado de votos le dio el bastón de
mando y con él vino el esperpento. El insigne Valle-Inclán se quedaba corto a
su lado y no sólo hablo de atuendos. En vez de gobernar, se dedicaba a hacer
oposición y entre sus logros políticos destaca la inauguración de cuatro
semáforos al más puro estilo Abbey Road. No sabemos si la mala educación o sus
mejorables formas tienen raíz en ese afán persecutorio de todo aquello que
irradiase cultura.
Por suerte, ya es pasado y un servidor
siempre lo recordará por ser uno de los mayores defensores del absurdo. Jamás
alguien hizo una defensa tan enérgica del espectáculo. Sí, les robaría ayudas a
los actores, pero... ¿para qué los querían teniendo el verdadero circo en
Raxoi? Me quedo con lo que, todavía, a día de hoy, pone su Twitter: candidato a
la alcaldía de Santiago de Compostela. Es así como siempre lo he visto, como el
eterno candidato, como Gerardito I “El Breve”.