Hemos permitido que la vela se consumiese
ahogada en candente cera, mientras la oscuridad empezaba a reinar donde antes
brillaban nuestros ideales, ahora calcinados. Hemos relajado nuestros músculos,
dejando que otros ocupasen nuestro sitio. Perdido el relevo, son ahora otros
los que impulsan el cambio y la contestación social.
El vacío dejado por los partidos políticos
y el aumento gradual de la problemática social, unida a un profundo sentimiento
de injusticia, ha derivado en las identidades colectivas politizadas que hoy
mueven nuestras calles. Esta identidad aderezada con el sentimiento de ira,
provocado por la pasividad de nuestros dirigentes, y el vislumbramiento de
cierta eficacia ha dado lugar a una particular acción política. Para estos
grupos lo contrario de la emoción no es la razón, sino la indiferencia. La
mayoría son desempleados oprimidos por la difícil situación económica y otros
son víctimas de los salvajes recortes educativos y sanitarios que han derivado
en el malestar de ambos sectores.
Uno de los movimientos sociales que ha
tenido más éxito ha sido el 15-M, guardando significativas diferencias con otro
tipo de protestas. Así, el 13% de los asistentes se enteraron a través de
medios tradicionales, mientras que en otros movimientos de protesta ese
porcentaje se incrementa hasta el 50%. También, un 49% lo hizo a través de las
redes sociales, cuando esta cifra suele ser del 10%. Una tercera parte lo hizo
a través de amigos, frente al habitual 17 y 18%. Lo más curioso, sin duda, es
que sólo el 4% eran miembros de la organización, cuando habitualmente ese
porcentaje suele rondar el 60%.
A su vez el 15-M cuenta con más horas de
protesta a su espalda, con más porcentaje de hombres, con un mayor nivel
educativo y con una mayor tasa de desempleo entre sus participantes. En
relación a la satisfacción democrática, presenta un bajo nivel y una mayor
cantidad de cinismo político. Si tenemos en cuenta la eficacia, sus
manifestantes se muestran poco esperanzados en que sus acciones deriven en cambio.
Pero lo curioso de este movimiento, a parte de los datos, es que fue capaz de
atraer a personas que hasta ese momento habían estado completamente desligadas
de la reivindicación social.
La variación de
estos datos debería dar que pensar a los partidos políticos de izquierda sobre
su reciente actividad. Han de ser los mismos los que tomen las calles y plazas
para liderar las reivindicaciones y no hacer lo conocido: llegar tarde, mal y a
rastro, enredados en su propio ombligo, a la espera de que se constituyan
organizaciones en defensa de unos derechos sectoriales antes desprotegidos para
situarse detrás de su pancarta. Recuerden que democracia no sólo es votar, sino
que también es sociedad civil y si no abanderan las reivindicaciones de esa sociedad
indefensa habrán perdido por completo su confianza. Abanderen el cambio.
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