Nadie podrá ya reparar los tejidos rotos,
aquellos que fueron agujereados por el gélido tacto del acero y abrasados por
las llamas del averno. Tejidos que han dejado, con el paso del tiempo, huecos
vacíos por los que aire se corta en pequeños círculos de proyección infinita.
Han sido muchos los que han intentado
enmendar los desgarros del odio y muchos otros los que se han afanado en
entorpecer dicha labor con el único fin de lucrarse bajo el imperio miedo. Por
suerte, la tela ha resistido el peso del servilismo y las fuertes puntadas del
socialismo han sellado, por fin, las heridas que supuraban un rencor que
parecía irreconducible. Pero tras el veinte de noviembre, la tela de la serenidad
se vuelve a resquebrajar abriendo de nuevo paso a una desesperante
incertidumbre. El Partido Popular, ganador de los pasados comicios, se niega a
escuchar la voz de Amaiur, coalición política formada por Eusko Alkartasuna,
Alternatiba, Aralar e independientes de la izquierda abertzale, que resultó ser
la fuerza más votada en el País Vasco y la tercera en la Comunidad Foral de
Navarra. Esta es la expresión de la soberanía popular y no atender sus
peticiones equivaldría a cortar las mangas de la democracia, dejando al
descubierto unos brazos demasiado frágiles y poniendo en serio peligro el
camino hacia la paz.
Como ya saben, el desgaste no es
selectivo, sino que suele ser generalizado. Las urnas han castigado también a
los socialistas en España, cosechando uno de los peores resultados de su
historia. Aunque para algunos, era algo más que esperado. La crisis económica
había azotado a todos los partidos políticos que ostentaban el poder y el
nuestro no sería una excepción. Nos solemos quedar con los fallos, pero no con
los aciertos. Probablemente haya pesado más la tardanza de unas medidas
efectivas que leyes procuradoras de la igualdad, la sanidad y la educación
públicas y que ya son borrosos objetos escondidos en el baúl de la memoria.
Pero no resulta fácil navegar a contracorriente en un mar que desemboca hacia
la derecha y mucho menos resistirse a aplicar medidas que atentan contra un
ideario ya mojado y del cual se ha escurrido la tinta. Resulta mucho más fácil
ser vasallo de las crueles medidas capitalistas, aquellas que arañan de las
políticas redistributivas para inflar al sector privado. Pero, a veces, la
desesperación nos ciega de tal forma que acabamos tendiendo la mano al peor de
los remedios.
Quizás ya no sea hora de lamentarse ni de
mirar atrás, sino de mirar hacia el futuro. No cabe duda que los cuatro pilares
del Estado del bienestar están en peligro y sólo habrá una manera de ser
competitivos para salvarlos: reiniciando nuestro partido. Sólo, girando a la
izquierda de verdad, apelando al espíritu de Pablo Iglesias y redefiniendo
nuestros valores y objetivos podremos volver para reconstruir lo que otros
deshicieron. Pero ya no sirven pactos de altas esferas. No pretendamos generar
confianza, sino la despertamos en las redes que conforman nuestras entrañas. No
sólo se deberá contar con las bases, sino que han de ser las mismas que dirijan
este proceso de reconversión donde la juventud tendría que ser el núcleo del
progreso.
Sólo así, con unión y fuerza, podremos
volver a tejer la gran bandera de nuestro partido y colgarla más alto que nunca
en el mástil de la democracia. Aunque no olviden que hay cosas que no se podrán
empezar a tejer de nuevo y costará mucho enmendar los harapos que queden de estos
próximos cuatro años. Años en los que la bandera de la igualdad ondeará a media
asta.