Con cinco sentidos

     Pensaba, ya hace unos días, que los partidos políticos gozaban de algún sentido atrofiado por lo que no podían escuchar la desesperación de las plazas que sólo dos cosas pedía: cambio y empleo. Reconozco aquí que me equivocaba, pues ninguno de sus sentidos está menguado, lo cierto es que no quieren escuchar. Oyen, pero no escuchan.
     Siguen nombrando a dedo y no hacen caso a lo que gritan las bases: cambio. Frente a la renovación, el mismo hastío y letargo. Seguramente no se den cuenta de que quien otorga el significado preciso a la política son los jóvenes y los demás ciudadanos y, que sin ellos, carece de sentido. Tal vez sea el momento de abrir paso a las nuevas generaciones de militantes, que ven de una forma más fresca y honesta la política, sin dejar, por supuesto, de escuchar la voz de la experiencia.
     No pierdan tiempo y realicen profundos cambios en el seno de sus partidos. Busquen una mayor representatividad mediante una Ley Orgánica de Régimen Electoral General más justa y, más importante aún, motiven a la población para que se implique y sea más activa en la política. Sobre todo, para que vuelvan a creer y confiar en ella y, para que eso ocurra, es necesario sintonizar con el ejemplo.
     Mientras tanto, se empeñan en cerrar los ojos, en quemar la lengua con la acidez de la usura, a perder el tacto con el corrosivo estatismo, a olvidar el olfato con la peste del engaño y a desaprovechar el sentido del oído por no atender a la demanda popular. Cuando abran los ojos para observar la realidad que los rodea, cuando saboreen el amargo gusto del desempleo, cuando huelan el dulce aroma de la honestidad, cuando palpen la aridez de la economía y, sobre todo, cuando oigan, escuchen y entiendan las reivindicaciones de los ciudadanos, será entonces cuando podremos hablar de política. Hasta entonces, tendrán que conformarse con esta confusa sinestesia.

La fragilidad de los lazos

     Año 1993, uno de los mayores tejidos a nivel económico se acababa de entrelazar. Un tejido unido por fuertes nudos que garantizaban la cohesión económica y, supuestamente, política de todos sus miembros, aunque la suma tendrá otros resultados.
     Los hilos con los que tejieron la tela de la Unión Europea no eran tan fuertes como creían. La crisis económica mundial y el malestar ante una clase política cada vez más pasiva han supuesto demasiada tensión para la frágil resistencia de sus tejidos, que han cedido ante la presión de una ciudadanía que pregunta, pero que no obtiene respuesta.
     Hemos podido comprobar que la Unión Europea es una cuestionable unión económica y una frágil unión política. Y digo cuestionable porque la ineficacia de sus dirigentes ha quedado patente y reducida al enriquecimiento de las más fuertes a costa de los más débiles. Y digo frágil ya que las discrepancias en el terreno político han sido demasiadas y los intereses, exageradamente distintos. El más fuerte busca, con ansia, crecer más, dejando, así, de lado la supuesta igualdad, la cooperación y la utilidad con la que fue urdida.
     Unos intereses que requieren un hilo demasiado grueso para una aguja, que es la Unión Europea, debidamente fina. Tal vez, cuando dejemos los intereses propios a un lado, cuando busquemos el progreso común y la ayuda desinteresada podremos poner a prueba la fuerza de sus nudos, que hoy se aflojan, y de sus tejidos, ya deshilachados.
     Quizás, así, podremos zurcir los paños para convertirlos en una verdadera unión, donde dos palabras borden su grandeza: política y economía, aunque, esperemos, no sean las únicas. Posiblemente, sólo de esta forma, podrán enhebrar la aguja de Europa.

Retrato de un instante

     Nueva York. Son las ocho y cuarenta y cinco minutos de la mañana, cientos de peatones fluyen apresuradamente de un lado al otro de la carretera. Algunos leen el periódico mientras aceleran para llegar a sus puestos de trabajo, otros escuchan música en su MP3 ajenos al ruido del tráfico… de repente, una mujer tropieza en la calle, pero ninguna persona se para a ayudarla. Nadie se ha fijado en ella… Parece un día cualquiera en La Gran Manzana, aunque la realidad será otra.
     Pasa un minuto más y los peatones frenan en seco. Los que escuchaban música, ahora se quitan los auriculares; los que leían el periódico, dejan de hacerlo y miran hacia el cielo, con cara de sorpresa... Parecen buscar algo. De repente, la corriente de personas se convierte en estatismo. La ciudad se para y se oye un estruendo que hace temblar el suelo. Los coches frenan en seco y todo el mundo levanta sus cabezas. Un Boeing 767, con 92 personas a bordo, se estrella contra una de las Torres Gemelas. El humo cubre el centro financiero del mundo, y Nueva York se vuelve más gris de lo habitual.
     El pánico se apodera de varias personas que corren sin rumbo fijo, con el único objetivo de alejarse de la catástrofe. Unos pocos mudan sus expresiones y repiten frases como “mi hermana trabaja allí”. Un cuarto de hora más tarde otro avión impacta contra la otra torre y la ciudad, ahora, se tiñe de negro. Tres mil personas muertas y 6000 heridos. Es el relato de uno de los mayores atentados que ha oscurecido varias páginas de nuestra historia. Un antes y un después, donde numerosas compañías tuvieron que cerrar a causa de la caída en la demanda de vuelos y de los numerosos costes que supusieron las innovadoras medidas de control aeroportuarias. Los aviones dejaron de ser vistos como un medio de transporte más para ser considerados como proyectiles de las más ácidas reivindicaciones armadas. De ese modo, cada vez que subiríamos a un avión, en nuestras mentes, aparecería grabada la fecha 11 de septiembre.
     Jamás se había visto algo como aquello. Jamás algo tan común había sido utilizado como arma. Jamás el odio y la rabia del ser humano habían llegado a límites tan insospechados. Será difícil olvidar algo así, aunque servirá para orientar los conflictos hacia el camino de la paz. La rabia no arreglará nada. La venganza, sin justicia, tampoco. De nosotros, y de las generaciones futuras, depende modificar esa negra atmósfera, para que la luz sea capaz de atravesarla y alumbre a una sociedad donde no quepa la violencia ni más víctimas humanas. Esperamos, pues, que algún día vean la luz y el mundo se vuelva blanco.

De la hipocresía papal y otros bulos

     Probablemente algunos se escandalicen con lo que vayan a leer a continuación, sobre todo si la férrea mordaza de la moral eclesiástica los está asfixiando, aunque…, sinceramente, lo extraño sería no hacerlo.
     Antes que nada, parece acertado destacar que este escrito no se postula en contra de la religión cristiana ni, por consiguiente, de ninguna otra. Es más, ve a la religión como un vehículo enriquecedor que ayuda a superar amargos momentos, pues siempre responde con lo que nuestros oídos quieren escuchar. Imaginemos que el ser humano es una estilográfica y la vida, un papel en blanco. Cada uno escribirá el relato más bello, aunque siempre hay uno que se equivocará, otro que acumulará errores ortográficos y muchos que no sabrán cómo escribir porque no hubo nadie que les enseñara. Ese ser que acumula errores necesita estar tranquilo consigo mismo, y proseguir con su historia. Pero una vez que ha errado, ¿cómo continuar? Borrando lo escrito, y, para ello, se vale de la religión.
     La religión, ese gran código moral que ha guiado al ser humano durante sus primeros pasos, mientras el Derecho todavía no había germinado. No robarás, no matarás, no cometerás actos impuros… Hacía las funciones que, hoy en día, hace el Derecho: regular al animal gregario, estableciendo límites, para que pueda convivir en sociedad. He utilizado el pasado, aunque tal vez sería más acertado mudar al presente. La religión sigue regulando al ser humano y, cada vez, lo hace con más fuerza. El avance en los derechos humanos, en el ámbito científico y en la libertad de expresión hace que los pilares de su robusto imperio se tambaleen ante un inevitable progreso.
     Como en las batallas cada imperio defiende sus fronteras del ataque de los enemigos, aunque, aquí, éstos no existen. No cabe en nuestras mentes considerar enemigos a los derechos humanos, ni a la ciencia ni a la libertad…, pero tiene que defenderse, y los ataca. Aunque no todo sirve en el campo de batalla. Se basa en valores forjados hace dos mil años para regular la conducta del ciudadano de hoy en día, coartando su libertad y sometiéndolo a las ordenanzas de su imperio. Lo obliga a seguir sus patrones, sin desviarse ni un solo milímetro, como si estuviera empezando a escribir en una hoja sin pautas, y lo amenaza con el castigo de un supuesto y fabuloso infierno, donde las llamas convertirán su relato en cenizas.
     Y pretenden que les hagamos caso, que nos creamos con lo que predican, aunque, en realidad, ellos no sigan sus credos. La JMJ celebrada el pasado mes de agosto supuso un gasto de 50 millones de euros en el marco de una crisis económica mundial que castiga con la muerte a 11 millones de personas en el cuerno de África. Un acto que, precisamente, transmitía los mensajes de no perder los valores cristianos y el de ayudar a los demás. Cuánta hipocresía…, justamente quien ha perdido el significado de esos valores son ellos, avivando el odio a las voces críticas. Todo ello me recuerda más a esa utopía en la que participaba su dirigente, en la que, con enérgicos aspavientos, levantaba su brazo derecho.
     Se muestran reacios al aborto, a pesar de violaciones, las malformaciones o los padres que no tienen medios para sostener una nueva vida o, simplemente, que no están preparados para una tarea demasiado trascendental. Condenan el uso del preservativo, cuando cientos de personas mueren al día en África víctimas de las enfermedades de transmisión sexual como el VIH. Persiguen la eutanasia, aunque el sufrimiento y el dolor estremezcan nuestros cuerpos. Insultan a los homosexuales, acusándolos de mantener relaciones antinaturales. Sin duda, es la vida privada lo que pretenden controlar, acortando la libertad y, a veces, lo consiguen.
     Y es aquí cuando me pregunto: ¿Por qué un ciudadano como yo ha de financiar argumentos tan seniles? Cada uno debe tener la libertad de elegir sus creencias, a transmitir sus mensajes e, incluso, a financiarlos. No se debe seguir permitiendo que nuestros impuestos sigan costeando esta clase de instituciones, pues cada cual debe pagarse sus vicios. Si su vicio consiste en mermar la libertad, a atacar el progreso y a invocar la regresión, adelante. Yo no lo haré porque dejé de creer en la Iglesia cuando las pilas bautismales se convirtieron en cajas registradoras.
     ¿Y qué podemos hacer nosotros? Escribir otro relato, borrando a esos dirigentes que se corrompen por el poder y que manchan el níveo nombre de la religión para amamantar sus propios intereses. Será entonces, cuando la religión apueste verdaderamente por la libertad y el progreso y predique con sus actos y no con sus credos, cuando podremos poner punto y final a este relato.

Su nombre era Política

     Señoras y señores, tengo el terrible placer de anunciarles que la desaparecida ha sido hallada muerta. La encontraron tirada en un descampado, desnuda, despojada de sus bienes y con las venas de las muñecas abiertas, supurando, todavía, la poca sangre que le quedaba. Cuando llegamos, su corazón ya había dejado de latir.
     Creemos saber quién es su verdugo… y este no se trataría de su primer asesinato. En los últimos años ha puesto al borde de la desesperación a millones de hombres, mujeres y niños con sus depredadores métodos y sus eficaces armas. Sus artimañas traspasan fronteras y, en el pasado, llegó a inducir el tentador amparo del suicidio a cientos de personas. No estamos ante un asesino cualquiera, se trata de un asesino en serie que proporciona órdenes y que, con su puño de acero, golpea tu vida hasta dejarte sin nada.
     Todo iba bien hasta que estos sucesos se trasladaron de la esfera privada al terreno público. Ahora, todos los periódicos, cada mañana, en sus titulares, llevan en sus portadas nombres de muertos, principalmente españoles, italianos y algún que otro portugués. La gente está escandalizada, se manifiesta en las calles y plazas contra esta barbarie consentida, pero nadie hace nada. Parece que están sordos, dicen algunos… otros, en cambio, optan por la ceguera. No sabemos a ciencia cierta cuál es el sentido atrofiado ni por qué no hacen caso a la voluntad de un pueblo que clama justicia… pero todavía no es tarde para reaccionar.
     Lo único cierto es que el pueblo ha dejado de creer en ella, y ella sin el pueblo no tiene sentido…, pues hablamos de lo que, en un principio, fue una simbiosis perfecta. El uno sin el otro, más tarde que pronto, acaba muriendo… y así ha sido. Pero no desesperen, aunque suene utópico, todavía pueden resucitar su sentido, pero quizás deba pasar mucho tiempo para que vuelva a recuperar su pasado prestigio. Eso sucederá cuando la víctima sea verdugo, y el verdugo se convierta en víctima.
     -Señor, hemos encontrado su cartera. La conocen con el nombre de Política…

Cuando el pájaro abrió las alas

     Las tuercas se oxidan y se pudren, deshaciéndose. Insertadas en un complejo engranaje, contagian a las demás piezas de una metástasis lacerante que se expande por todo el sistema. El motor deja de funcionar, los engranajes se paran y el organismo escupe su último exhalo. Podría ser el relato del paso del tiempo, de la pila de un reloj a punto de agotarse o de la muerte de un ser vivo; lamentablemente, es el comienzo de algo más trascendental y crítico, como lo es una transición.
     El traje de la democracia se ha quedado corto para unos brazos que quieren tocar demasiado alto. Los falsos techos se han derrumbado por el golpe y, al descubierto, ha quedado la vieja y mugrienta estructura que lo sostenía. Ahora, a la vista, parásitos que carcomen vigas de madera y se llenan el estómago sin pensar en las consecuencias de sus actos. Pensaban que se quedarían con los brazos cruzados, viendo, impasibles, como los instigadores de la barbarie económica paseaban en carrozas doradas, totalmente impunes. Se equivocaban: poca madera para tanto parásito y, para los jóvenes, un panorama que induce arcadas. Ellos no quieren promesas caducas ni, tampoco, falsas esperanzas. Quieren un cambio real, quieren tener una voz clara y no un eco perdido en una anacronía temporal. Sus objetivos, aunque parecían difusos al principio, han ido apuntillándose hasta quedar claramente acotados, abarcando la eliminación de los privilegios de la clase política, el desempleo, el derecho a la vivienda, la oferta de servicios públicos de calidad, el control de las actividades bancarias, la fiscalidad, la libertad ciudadana y la democracia participativa, además de la reducción del gasto militar.
     Quién diría que un pajarito causaría tanto revuelo, pero este es el resultado de la globalización y de las nuevas tecnologías: la población ya no puede ser manipulada ni engañada por falta de información, de hecho, estamos saturados. Lo cierto es que la reivindicación que está transformando los países árabes es la que ahora coge vuelo en nuestras calles y plazas, promocionada por el descontento, el desempleo y la discriminación. El pueblo se ha cansado y grita cambio a ritmo de calambres que, poco a poco, se extienden por el resto de ciudades europeas. Los políticos no se deben quedar con los brazos cruzados, deben tomar nota, escuchar la voluntad de un pueblo que día a día, a base de prohibiciones, se hace más fuerte, pero, sobre todo, deben actuar. Ya han cogido vuelo, y no pararán de batir sus alas hasta que lleguen a su destino: una democracia real. Sin duda, se trata del nido perfecto para iniciar una nueva etapa.