Una serie de catastróficas desdichas

     Nada me gustaría más que rematar este trágico año que cierra bisagras escribiendo sobre la serie de libros escrita por Daniel Handler entre 1999 y 2006. Lamento defraudarles, bien es cierto que nunca viene mal un poco de literatura, pero intentaré flagelar el impulso de mis instintos y reprimirme ante la gravedad de la situación que nos atenaza.
     Tuvimos un mal principio. En enero de 2011 las entidades financieras españolas encontraron dificultades para captar capital en los mercados, necesitando ayudas públicas para reforzar su solvencia que sólo podrían recibir si se convertían en cajas. A su vez, la complicada coyuntura económica obligó al Gobierno socialista a subir la edad de jubilación a los 67 años. Algo atroz se estaba gestando y, a la vez, empezaba a aflorar una dictadura sin precedentes: el absolutismo de los mercados.
     Los causantes residían en la habitación de los reptiles. Tenían los ojos velados por la ambición y la codicia. Sus pieles, revestidas de innumerables escamas, empezaban a mudar amarillentas mientras que el paso del tiempo labraba, de calculada forma, sus ganancias. Sus poderosas mandíbulas parecían haber perdido ya sus fuerzas, pero la realidad sería otra. Tras el ventanal pudimos observar la crudeza de la realidad: movían el sistema a su antojo con total impunidad llegando incluso a dominarlo bajo su imperio.
     La situación era vergonzosa, a la par que preocupante, y tal vez por eso dejamos que nos guiasen los dirigentes del aserradero lúgubre. La derecha extendió su poder por todos los municipios con tijeras en una mano y motosierra en la otra. Por supuesto, no cabe decir que la motosierra devastaría los servicios sociales pertenecientes a clase media y baja y la tijera perfilaría la comodidad de las grandes fortunas. No obstante, eso no parecía importar, hacían referencia a una academia muy austera, la de Europa, que parecía tener mucho prestigio pero que en la realidad estaba dominada por los autores de la incultura.
     La gravedad de las circunstancias y las promesas por parte de la derecha, parecían aupar en un ascensor artificioso al equipo de Mariano Rajoy mientras que la indignación agitaba las calles y plazas. Irlanda, Grecia y Portugal eran ya vistas como las ruinas de Europa y España como la aldea malvada que la empujaría hacia el abismo. Así, la derecha pasó de ganar en los municipios a triunfar en las generales. Su arma: un silencio calculadamente tétrico y la esperanza de una utópica recuperación económica.
     Llevaron al enfermo al hospital captivo y ahora le aplican su medicina en medio de un carnaval carnívoro. Lamentablemente, le administran la medicina equivocada o, más bien, la contraria, condenando a España a años de sufrimiento y dolor. Castigan a las clases medias, alaban lo que antes criticaban y, poco a poco, se sacan su máscara. Lo verdaderamente curioso no son los hachazos con los que atizan al Estado bienestar, sino que este es sólo el principio del principio.
     En este año que finaliza quiero dejar un simple mensaje. Tengan cuidado señores, la política es una pendiente resbaladiza y uno no puede engañar a su electorado sin recibir piedra a cambio. El próximo año entraremos en una cueva oscura y no sé si tan siquiera llegaremos a ver el penúltimo peligro. Toca aguantar, pero no resignarse. Caballeros, este no es el fin.

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