De la hipocresía papal y otros bulos

     Probablemente algunos se escandalicen con lo que vayan a leer a continuación, sobre todo si la férrea mordaza de la moral eclesiástica los está asfixiando, aunque…, sinceramente, lo extraño sería no hacerlo.
     Antes que nada, parece acertado destacar que este escrito no se postula en contra de la religión cristiana ni, por consiguiente, de ninguna otra. Es más, ve a la religión como un vehículo enriquecedor que ayuda a superar amargos momentos, pues siempre responde con lo que nuestros oídos quieren escuchar. Imaginemos que el ser humano es una estilográfica y la vida, un papel en blanco. Cada uno escribirá el relato más bello, aunque siempre hay uno que se equivocará, otro que acumulará errores ortográficos y muchos que no sabrán cómo escribir porque no hubo nadie que les enseñara. Ese ser que acumula errores necesita estar tranquilo consigo mismo, y proseguir con su historia. Pero una vez que ha errado, ¿cómo continuar? Borrando lo escrito, y, para ello, se vale de la religión.
     La religión, ese gran código moral que ha guiado al ser humano durante sus primeros pasos, mientras el Derecho todavía no había germinado. No robarás, no matarás, no cometerás actos impuros… Hacía las funciones que, hoy en día, hace el Derecho: regular al animal gregario, estableciendo límites, para que pueda convivir en sociedad. He utilizado el pasado, aunque tal vez sería más acertado mudar al presente. La religión sigue regulando al ser humano y, cada vez, lo hace con más fuerza. El avance en los derechos humanos, en el ámbito científico y en la libertad de expresión hace que los pilares de su robusto imperio se tambaleen ante un inevitable progreso.
     Como en las batallas cada imperio defiende sus fronteras del ataque de los enemigos, aunque, aquí, éstos no existen. No cabe en nuestras mentes considerar enemigos a los derechos humanos, ni a la ciencia ni a la libertad…, pero tiene que defenderse, y los ataca. Aunque no todo sirve en el campo de batalla. Se basa en valores forjados hace dos mil años para regular la conducta del ciudadano de hoy en día, coartando su libertad y sometiéndolo a las ordenanzas de su imperio. Lo obliga a seguir sus patrones, sin desviarse ni un solo milímetro, como si estuviera empezando a escribir en una hoja sin pautas, y lo amenaza con el castigo de un supuesto y fabuloso infierno, donde las llamas convertirán su relato en cenizas.
     Y pretenden que les hagamos caso, que nos creamos con lo que predican, aunque, en realidad, ellos no sigan sus credos. La JMJ celebrada el pasado mes de agosto supuso un gasto de 50 millones de euros en el marco de una crisis económica mundial que castiga con la muerte a 11 millones de personas en el cuerno de África. Un acto que, precisamente, transmitía los mensajes de no perder los valores cristianos y el de ayudar a los demás. Cuánta hipocresía…, justamente quien ha perdido el significado de esos valores son ellos, avivando el odio a las voces críticas. Todo ello me recuerda más a esa utopía en la que participaba su dirigente, en la que, con enérgicos aspavientos, levantaba su brazo derecho.
     Se muestran reacios al aborto, a pesar de violaciones, las malformaciones o los padres que no tienen medios para sostener una nueva vida o, simplemente, que no están preparados para una tarea demasiado trascendental. Condenan el uso del preservativo, cuando cientos de personas mueren al día en África víctimas de las enfermedades de transmisión sexual como el VIH. Persiguen la eutanasia, aunque el sufrimiento y el dolor estremezcan nuestros cuerpos. Insultan a los homosexuales, acusándolos de mantener relaciones antinaturales. Sin duda, es la vida privada lo que pretenden controlar, acortando la libertad y, a veces, lo consiguen.
     Y es aquí cuando me pregunto: ¿Por qué un ciudadano como yo ha de financiar argumentos tan seniles? Cada uno debe tener la libertad de elegir sus creencias, a transmitir sus mensajes e, incluso, a financiarlos. No se debe seguir permitiendo que nuestros impuestos sigan costeando esta clase de instituciones, pues cada cual debe pagarse sus vicios. Si su vicio consiste en mermar la libertad, a atacar el progreso y a invocar la regresión, adelante. Yo no lo haré porque dejé de creer en la Iglesia cuando las pilas bautismales se convirtieron en cajas registradoras.
     ¿Y qué podemos hacer nosotros? Escribir otro relato, borrando a esos dirigentes que se corrompen por el poder y que manchan el níveo nombre de la religión para amamantar sus propios intereses. Será entonces, cuando la religión apueste verdaderamente por la libertad y el progreso y predique con sus actos y no con sus credos, cuando podremos poner punto y final a este relato.

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